Tuesday, July 15, 2008

Más y menos fe

El Vaticano confirmó los resultados estadísticos de World Christian Database, que el año pasado reveló un aumento de la población musulmana en el mundo, por sobre la católica.
El Anuario Pontificio 2008 dirá que los católicos son el 17,4 por ciento de la población mundial, mientras los musulmanes el 19,2 por ciento.
En el Vaticano explican que la tasa de natalidad en los musulmanes ha superado la de los católicos.
No sé si sea esa la razón de la nueva realidad espiritual, o es que se está perdiendo la fe.
La información dice que América sigue siendo un continente mayoritariamente católico, como quiera que concentra el 49,8 por ciento de la población católica mundial.
También el Vaticano cobra un premio de consolación, al advertir que sumados los católicos, los anglicanos, los ortodoxos y los protestantes, el porcentaje llega a 33, muy por encima del 19,2 por ciento musulmán.
Como sea, Dios nos hermana.

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Para blo guearte mejor

Encuentro saludable una mirada sobre el fenómeno mundial de los blogs, de los cuales cada día nacen y mueren de a cienmiles. El hecho de existir la blogosfera, y de poder sumergirnos en ella, provoca distintas miradas.
Para algunos puede ser algo abrumador, y también una oportunidad de negocio. Para otros una alternativa periodística, y también, socialmente, la causa de cambios en la manera de relacionarse las personas.
Como quiera que sea, y sea como quiera el propósito del blog, retomo varias sugerencias para hacerlo legible, y algo gregario, que Adriana Blanco y Enrique Dans presentaron en la página expansión.com, con el rutilante título de “Decálogo del ‘bloguero’ con éxito”.
Me tomo la libertad de variar el orden y realizar alguna edición al texto.
Primero: Piérdale el respeto y miedo a la Internet. La Internet no son las Tablas de la Ley, no tiene que escribir con un estilo perfecto, ni pensar muchísimo los temas. Escriba con un tono informal, sencillo, en pijama y zapatillas, relajado.
Segundo: No mienta. Si lo que escribe lo ha leído en otra parte, vincúlelo, déle crédito. Si no está seguro de algo, dígalo. Un blog no es un sitio para demostrar lo mucho que se sabe. Es un sitio donde siempre habrá alguien que sepa más que usted del tema del que está hablando. Acéptelo.
Tercero: Use su blog para algo que tenga valor para usted. Es la única manera de que uno mismo lo aprecie y le otorgue la prioridad adecuada. Es importante que ese valor exista, porque escribirlo requiere esfuerzo y si no se ven frutos claros, terminará dejándolo.
Cuarto: Escriba para usted, no para los demás. Un blog es un diario personal, aunque sea colectivo. Escriba lo que le apetezca, y mande a paseo a quien entre a decirle sobre qué puede escribir y sobre qué no. Es su casa, y las reglas las pone usted. A quien no le guste, que se vaya. El que tiene que estar contento con lo que hace es usted. Tampoco escriba para los motores de búsqueda.
Quinto: Explore. Un bloguero empieza a serlo cuando lee blogs, no cuando los escribe. Construya un conjunto de blogs qué leer, de acuerdo con sus intereses, y desarrolle el hábito de leerlos. Un día notará que el cuerpo le pide comentar algo: hágalo, y empieza a desarrollar su identidad en la Red, a meterse en la conversación.
Sexto: Vincule, vincule, vincule. Un blog es una conversación, y en la web se construye vinculando. Ofrezca a sus lectores todas las fuentes que pueda, lo que le llevó a escribir cada cosa, lo que consultó, citas interesantes… Vincúlelo todo: si sus lectores encuentran interesante lo que escribe y lo que vincula, volverán.
Séptimo: Escriba con regularidad. Haga de ello un hábito. Debe tener cierta periodicidad. El hábito debe crearse en usted y en sus lectores para que tengan ganas de suscribirse. El valor de su blog no está en las visitas diarias, sino en sus suscriptores.
Octavo: No se bloguea con la cabeza, se bloguea con los pies. Debe darse cuenta de que si escribe un blog para contar lo que sabe de un tema, las ideas se agotarán en pocas semanas. Por mucho que sepa, al cabo de poco tiempo empezará a tener la sensación de haberlo contado todo, y en ese momento el blog estará muerto. Se bloguea con los pies, porque se escribe de lo que le pasa cada día, y eso da al blog el componente de diario, que es una de sus señas de identidad. Tenga siempre una fuente que le aporte temas frescos todos los días.
Noveno: No alimente al troll. Tarde o temprano aparecerá en su blog gentuza (sic) con vocación destructiva, con ganas de insultar, de criticar por criticar. Que no le tiemble la mano: ponga unas reglas claras, borre al que no las cumple, y jamás responda a la provocación, porque eso le proporciona al troll una felicidad más intensa. Tampoco confunda trolls con opiniones discordantes. Si no permite el debate, su blog perderá valor, pero nada ni nadie le obliga a mantener colgado en la pared de su casa algo feo. Borrar la basura no es censurar, es tener sentido común y cuidar su casa para que otros se sientan a gusto en ella.

Décimo: Controle sus estadísticas. No se obsesione con ellas, pero úselas para ver de dónde le viene el viento, qué sitios le envían visitas, por qué lo hacen, quiénes le vinculan o a qué responde su tráfico. No escriba para ellas, pero tampoco navegue a ciegas.

 

Se acaba la energía del planeta

El recurso petróleo no es eterno. No sé cuánto tiempo más demore en acabarse, pero para entonces me temo que el planeta no estará usando de manera intensiva otros recursos energéticos. El colapso del petróleo va a generar mucho miedo y, en consecuencia, mucha agresión.
Siendo el recurso más apetecido, es también el más contaminante. Al petróleo le debemos en buena medida el calentamiento global. Y a Estados Unidos, su mayor aporte a éste.
Aún así, Estados Unidos se negó a comprometerse en Kyoto a reducir el 5 por ciento de sus emisiones contaminantes.
Los analistas consideran que la energía producida por el viento, y la producida por la luz solar, no será suficiente para la Humanidad. Solo conformará una parte de la matriz energética global.
Un recurso renovable importante es el agua. No obstante, nadie la cuida. Y cuando digo nadie, no me refiero a don Juan Maizal que tiene un sembrado de tomates.
Me refiero al planeta entero.
El agua no solamente hace posible la vida humana, sino la producción de alimentos.
Greenpace le ha dado el visto a la producción de electricidad con agua. No a las mega represas, que arruinan valles y ecosistemas enteros. Pero sí bendice las hidroeléctricas locales.
Los entendidos son partidarios de intensificar el uso del uranio para la producción de energía.
Sus críticos dicen que sus residuos son altamente contaminantes, y los entendidos refutan con que los residuos son, además, reutilizables en un 90 por ciento.
En Colombia, país privilegiado por tener abundantes recursos hídricos, eólicos, carboníferos y gasíferos, no parece haber preocupación por el uso racional de los mismos.
Parece no haber una política pública estratégica.
Y el gas tampoco es eterno.
Una planta de producción de energía nuclear es costosa, y tarda. Es verdad.
Tal vez habría que pensar en energía eólica para pequeñas poblaciones , y en paneles solares para autosustentar, al menos, algunas empresas.
La terminación de la vida por el capricho de los gobiernos de los países desarrollados y de las potencias, me aterra

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In cendio in terior

Me parece haber escuchado decir que el calentamiento global es un fenómeno cíclico del planeta Tierra, lo cual, obviamente, no resta gravedad al que estamos asistiendo.
¿Cómo será la muerte en esas condiciones?
El aire caliente quemará las fosas nasales y los bronquios y los pulmones y la sangre hervirá, literalmente, y aquello será un incendio interior, una quema.
Primero se quemarán los alimentos vegetales, y después los animales, y también los peces en las aguas hervidas de los océanos y en los cauces humeantes que otrora bajaban cristalinos desde los páramos.
Y páramos ya no habrá.
Tampoco glaciales, ni polos.
Pero esta vez, no se tratará de otro ciclo, sino que será el final.
Todo, debido a una molécula, la de CO2, que lidera este proceso, según los científicos.
La molécula de dióxido de carbono en determinada cantidad, densidad o magnitud, hace florecer la vida. Y la misma molécula, pasado el límite de su presencia, satura, provoca desolación.
“Sin dióxido de carbono la Tierra sería un bloque de hielo”, dice Wikipedia.
El dióxido de carbono se usa:
1.Como agente extintor, eliminando el oxígeno para el fuego.
2.En las bebidas carbonatadas, la deliciosa efervescencia de una Coca Cola bien helada.
3.Como líquido refrigerante en máquinas frigoríficas.
4.En la fabricación de hielo seco.
5.En el cine, para crear niebla y sensación de hervor.
6.En la obtención de alcaloides, como la cafeína.
7.En la obtención de pigmentos.
8.Permite realizar extracciones en medios anóxidos, lo que permite obtener productos de alto potencial antioxidante.
9.Para generar luz coherente (láser de CO2).
10.Junto con el agua es el disolvente más empleado en procesos con fluidos supercríticos.
11.También se usó como agente químico para el genocidio de prisioneros eslavos, judíos y disidentes durante la Alemania nazi, pues el CO2 desplaza el O2 de la hemoglobina, provocando la asfixia celular.
Superado el límite crítico de su presencia, nos asa, literalmente.
Aún con todo, ahora los científicos nos dicen que el hollín, el de las bucólicas chimeneas campestres, es el segundo factor causante del calentamiento planetario.

 

El otro rostro de los blogs

Este es el blog más poderoso del mundo, The Huffington Post (apodado Huffpost y Huffpo), según The Observer.
La actualidad mundial es seguida de cerca por este blog, que nació con un interés periodístico, pero también con un modelo de negocio. Así, es hoy el número uno, con cerca de 4 millones de visitantes únicos al año, y utilidades que sobrepasan los 7 millones de dólares.
Toma el nombre de su rostro visible, Arianna Huffington, una “millonaria socialite”.
Dice The Observer, de acuerdo con la traducción de La Alharaca, que antes de Arianna “los blogueros operaban con un espíritu de solidario desamparo”, “odiaban a los medios establecidos” y “se veían a sí mismos como mosquitos, picando en la arrogancia de las élites establecidas”.
Pero cuando ella decidió “movilizar su fortuna y conexiones en los medios para crear, de la nada, un blog liberal de vanguardia, fue ampliamente ridiculizada”.
¿Quién se creía ella que era?, dijeron los blogueros originales.
Rápidamente The Huffington Post se convirtió en uno de los diarios más influyentes y populares de la web.
La clave estuvo en que puso reporteros en lugares neurálgicos para que escribieran sin miedo a opinar (distinto de denigrar, lanzar epítetos, etcétera) y, al mismo tiempo, columnistas como John Kerry, Nora Ephron y David Weinberger.
Esta es la gracia del blog: no se limita a dar noticias, sino a ofrecer enfoques y contrastes y análisis.
Dice The Observer: “Para usar el símil de la fiebre del oro que tanto gusta a los pioneros de la red, el éxito de Huffington hizo que la primera generación de blogueros se viera como buscadores de dos bits rastreando pepitas en riachuelos poco profundos, antes de que las grandes mineras se mudaran al sitio”.
“En la era pre-Huffington, las grandes compañías de medios ignoraban la red o le temían; en la era post-Huffington, la comenzaron a tratar como otro mercado, abierto a la explotación”.
“Tres años después, Rupert Murdoch es dueño de MySpace, mientras que los blogueros novatos tienen que recojer las migajas de tráfico que dejan los grandes editores”.
Los 5 blogs más poderosos, son:
1-The Huffington Post
2-Boing Boing
3-Techcrunch
4-Kottke
5-Dooce
Otros que algunas vez hemos oído mencionar: Perezhilton (6), Xu Jinglei (12), Microsiervos (14), TMZ (15), Basic Thinking (19) y Students for a free Tibet (21).

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El pecho des nudo de Ítalo Calvino

La vida nos pone en escenarios y situaciones, bajo circunstancias en las cuales pasa desapercibida toda la carga de genética cultural con la que, en principio, nos aprontamos a hacerles frente. Ítalo Calvino aborda deliciosamente en este cuento una de las tantas, simples condiciones en que nos relacionamos socialmente con los demás, en especial cuando ese contacto ocurre en la playa y está mediatizado por el género de los protagonistas.

El pecho desnudo
El señor Palomar camina por una playa solitaria. Encuentra unos pocos bañistas. Una joven tendida en la arena toma el sol con el pecho descubierto. Palomar, hombre discreto, vuelve la mirada hacia el horizonte marino. Sabe que en circunstancias análogas, al acercarse un desconocido, las mujeres se apresuran a cubrirse, y eso no le parece bien: porque es molesto para la bañista que tomaba el sol tranquila; porque el hombre que pasa se siente inoportuno; porque el tabú de la desnudez queda implícitamente confirmado; porque las convenciones respetadas a medias propagan la inseguridad e incoherencia en el comportamiento, en vez de libertad y franqueza. Por eso, apenas ve perfilarse desde lejos la nube rosa-bronceado de un torso desnudo de mujer, se apresura a orientar la cabeza de modo que la trayectoria de la mirada quede suspendida en el vacío y garantice su cortés respeto por la frontera invisible que circunda las personas. Pero –piensa mientras sigue andando y, apenas el horizonte se despeja, recuperando el libre movimiento del globo ocular– yo, al proceder así, manifiesto una negativa a ver, es decir, termino también por reforzar la convención que considera ilícita la vista de los senos, o sea, instituyo una especie de corpiño mental suspendido entre mis ojos y ese pecho que, por el vislumbre que de él me ha llegado desde los límites de mi campo visual, me parece fresco y agradable de ver. En una palabra, mi no mirar presupone que estoy pensando en esa desnudez que me preocupa; ésta sigue siendo en el fondo una actitud indiscreta y retrógrada.
De regreso, Palomar vuelve a pasar delante de la bañista, y esta vez mantiene la mirada fija adelante, de modo de rozar con ecuánime uniformidad la espuma de las olas que se retraen, los cascos de las barcas varadas, la toalla extendida en la arena, la henchida luna de piel más clara con el halo moreno del pezón, el perfil de la costa en la calina, gris contra el cielo. Sí –reflexiona, satisfecho de sí mismo, prosiguiendo el camino–, he conseguido que los senos quedaran absorbidos completamente por el paisaje, y que mi mirada no pesara más que la mirada de una gaviota o de una merluza. ¿Pero será justo proceder así? –sigue reflexionando–. ¿No es aplastar la persona humana al nivel de las cosas, considerarla un objeto, y lo que es peor, considerar objeto aquello que en la persona es específico del sexo femenino? ¿No estoy, quizá, perpetuando la vieja costumbre de la supremacía masculina, encallecida con los años en insolencia rutinaria? Gira y vuelve sobre sus pasos. Ahora, al desliza su mirada por la playa con objetividad imparcial, hace de modo que, apenas el pecho de la mujer entra en su campo visual, se note una discontinuidad, una desviación, casi un brinco. La mirada avanza hasta rozar la piel tensa, se retrae, como apreciando con un leve sobresalto la diversa consistencia de la visión y el valor especial que adquiere, y por un momento se mantiene en mitad del aire, describiendo una curva que acompaña el relieve de los senos desde cierta distancia, elusiva, pero también protectora, para reanudar después su curso como si no hubiera pasado nada. Creo que así mi posición resulta bastante clara –piensa Palomar–, sin malentendidos posibles. ¿Pero este sobrevolar de la mirada no podría al fin de cuentas entenderse como una actitud de superioridad, una depreciación de lo que los senos son y significan, un ponerlos en cierto modo aparte, al margen o entre paréntesis? Resulta que ahora vuelvo a relegar los senos a la penumbra donde los han mantenido siglos de pudibundez sexomaníaca y de concupiscencia como pecado…
Tal interpretación va contra las mejores intenciones de Palomar que, pese a pertenecer a la generación madura para la cual la desnudez del pecho femenino iba asociada a la idea de intimidad amorosa, acoge sin embargo favorablemente este cambio en las costumbres, sea por lo que ello significa como reflejo de una mentalidad más abierta de la sociedad, sea porque esa visión en particular le resulta agradable. Este estímulo desinteresado es lo que desearía llegar a expresar con su mirada. Da media vuelta. Con paso resuelto avanza una vez más hacia la mujer tendida al sol. Ahora su mirada, rozando volublemente el paisaje, se detendrá en los senos con cuidado especial, pero se apresurará a integrarlos en un impulso de benevolencia y de gratitud por todo, por el sol y el cielo, por los pinos encorvados y la duna y la arena y los escollos y las nubes y las algas, por el cosmos que gira en torno a esas cúspides nimbadas. Esto tendría que bastar para tranquilizar definitivamente a la bañista solitaria y para despejar el terreno de inferencias desviantes. Pero apenas vuelve a acercarse, ella se incorpora de golpe, se cubre, resopla, se aleja encogiéndose de hombros con fastidio como si huyese de la insistencia molesta de un sátiro. El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apreciar en su justo mérito las intenciones más esclarecidas, concluye amargamente Palomar.

 

Breve reflexión a propósito de Bilioso

Acabo de leer la justificación por la cual Bilioso había dejado de escribir desde el 20 de enero en su blog. Me hizo volver a sentir el mismo desencanto que ya había expresado en esta y otra bitácora.
Bilioso apenas ahora acusa recibo de la soledad del bloguero, del anonimato generalizado de la blogosfera y de la insulsa obsesión del ranking que produce lecturas desechables.
Fenómenos éstos que no son taxativos de Colombia, y también replantean a diario la pregunta de si los blogs son periodismo, en tanto permiten la autoedición y la reseña de los hechos, o con esto no basta.
Es sabido que los blogs son ventanas de solitarios, por las que otros solitarios pueden ver.
La red ya no es aquel efectivo sistema de comunicación militar, invisible e inasible para el enemigo, con fines precisos y objetivos bélicos, cuyos resultados de muertes y destrucción eran verificables en la realidad.
La internet es una telaraña de vasos comunicantes no excluyente, y en la medida en que cualquiera puede acceder, las estratagemas se diluyen, y la internet prácticamente se convierte en un juguete.
Aquel pone fotos de sus fiestas, otro escribe sus desgarros amorosos, uno más lucubra los entresijos de la existencia, y otros más, simplemente tontean.
Para muchos, los blogs son una versión mejorada del chat, un paso adelante del correo-e.
Para otros, los blogs son la posibilidad de un germen de organización, la semilla de una mejor propuesta social.
Ocurre que la mayoría de los blogs son de anónimos, empezando por el del propio Bilioso. Esto, ya le da una connotación de desconfianza, y uno apela a la buena fe para entablar conversación.
Porque también pululan en la red los estafadores, los suplantadores, los saboteadores de blogs, los pederastas, los pornógrafos y las redes de prostitución.
Se tienen noticias de blogs que enseñan a fabricar bombas, camuflajes y métodos de suicidio y asesinato.
Es, quizás, el costo de la libertad que ofrece la internet.
Y quienes tiene propósitos definidos, como los bancos, los almacenes de cadena, las entidades de servicios públicos, las universidades, etcétera, encuentran en la red un aliado inmejorable, y prácticamente gratis.
Pero, en general, lo que vemos en la blogosfera es un conjunto de blogs con fines diversos, muy personales algunos. Nadie podría, en principio, censurar que ello ocurra.
Se puede, sí, expresar un malestar, como ya lo hemos hecho y ahora lo hace Bilioso, con distinto lenguaje y enfoque.
Encuentro que un condicionante, en pro o en contra, según quien lo mire, es el ranking.
Este elemento obliga a estimular, como sea, a los lectores, con post de todo tipo, y a realizar veloces recorridos por otros blogs dejando comentarios aquí y allá con el único fin de subir en el ranking.
Y aún, esta locura con su tontería intrínseca, tiene una explicación económica, pues hay firmas que pagan por el mayor número de visitas: Google, por ejemplo. Y también obtener un dinero de la red es válido.
Sin embargo, a mi me alienta encontrar blogs con textos bien escritos, que plantean asuntos de la existencia cotidiana, no necesariamente polémicos, o muestran relatos y poemas realmente interesantes. De manera egoista, no espero más que pasar un rato agradable y saber que allá afuera hay gente interesante.
Quizás, considerando esta realidad blogosférica fue que nació Blogueratura y Letralia, por ejemplo. Aunque, desde luego, ninguno de estos directorios puede señalarse como la cima.
En todo caso la blogosfera colombiana no se diferencia mucho de las de otros países, y de la que está escrita en otros idiomas. Todas contienen la misma amalgama.
Así que no puede esperarse que a un post le siga un movimiento social.
Viví de cerca el caso de un blog español que alentó a sus lectores a tal punto que un día los convocó a un sitio determinado de Madrid, y a pesar de que los 85 o 94 comentarios que recibió, eran tan incendiarios como los textos del autor del blog, menos de 6 personas llegaron a esa calle real de la cita.
No es para descorazonarse.
En Chile, recientemente, la que se conoció como la “Revolución de los pingüinos”, que hasido la protesta de estudiantes de secundaria, no universitarios, más importante después de la dictadura, se coordinó mediante blogs, además de mensajes de texto y correos-e.
Y en Colombia, la protesta contra la banda de secuestradores y narcotraficantes de las Farc, el pasado 4 de febrero, pudo impulsarse, entre otros recursos, con los blogs.
No se puede, entonces, decir la última palabra.
Quizás sea, Bilioso, que tenemos la fortuna de vivir un período de la blogosfera en que hay que untarse y herirse y desencantarse para ir encontrando la manera de encauzar una mayor utilidad de los blogs.
Aunque me parece que el mismo hecho de que la blogosfera permita que cada cual se exprese de acuerdo a sus capacidades, es una ganancia, una manifestación de la libertad de la expresión, una oferta de intercambio y encuentro.
Tal vez lo que debamos hacer no es esperar que la blogosfera sea como quisiéramos, sino comprender, apreciar y asumir que la blogosfera es como es, y hallar nuestro propósito y espacio. Nada más.

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Posted by marcas_c in 07:38:32 | Permalink | No Comments »

Lejos del cru cificado

“Ahora que se están destapando las fosas, confesando los crímenes y contando los muertos, nos damos cuenta de que la Colombia urbana ha estado cerca de las masacres, pero lejos de los masacrados. Se repite la escena: tan cerca de la cruz y tan lejos del crucificado”.
Monseñor Luis Augusto Castro
Presidente Conferencia Episcopal Colombiana

 

Murió el Sentido Común

Recibí de Esperanza el siguiente texto, que me pareció simpático y pertinente, y no se refiere a nuestro querido amigo blogosférico, afortunadamente:
Hoy lloramos la muerte de un querido amigo: Sentido Común, que ha estado entre nosotros durante muchos años. Nadie sabe a ciencia cierta qué edad tenía, puesto que los datos sobre su nacimiento hace mucho que se han perdido en los vericuetos de la burocracia.
Será recordado por haber sabido cultivar lecciones tan valiosas como que “hay que trabajar para poder tener un techo propio sobre la cabeza” y que “se necesita leer todos los días un poco”; por saber por qué los pájaros que madrugan consiguen lombrices y también por reconocer la validez de frases tales como “la vida no siempre es justa” y “tal vez haya sido yo el culpable”.
Sentido Común vivió bajo simples y eficaces consignas (“no gastes más de lo que ganas”) y estrategias parentales confiables (“los adultos, no los niños, están a cargo”).
Su salud comenzó a deteriorarse rápidamente cuando se aplicaron reglas bien intencionadas, pero ineficaces: informes respecto de un niño de seis años acusado de abuso sexual por haber dado un beso a una compañera de clase; adolescentes que debieron irse a otro colegio por haber denunciado a un compañero distribuidor de droga, y una maestra despedida por reprender a un alumno indisciplinado, sólo hicieron que empeorara su condición.
Sentido Común perdió terreno cuando los padres atacaron a los maestros sólo por hacer el trabajo en el que ellos fracasaron: disciplinar a sus ingobernables hijos.
Declinó aún más cuando las escuelas debieron requerir un permiso de los padres para administrar una aspirina, poner protector solar o colocar una curita a un alumno aunque eso sí, no podían informar a los padres si una alumna estaba embarazada y menos, si quería abortar.
Sentido Común perdió el deseo de vivir cuando los Diez Mandamientos se convirtieron en material risible, algunas iglesias en negocios y los criminales empezaron a recibir mejor trato que sus víctimas.
Para Sentido Común fue un duro golpe que uno ya no pueda defenderse de un ladrón en su propia casa, pero que el ladrón pueda demandarnos por agresión; y que si un policía mata a un ladrón, incluso si éste estaba armado, sea inmediatamente investigado por exceso de defensa o, cuando no, acusado de gatillo fácil.
La muerte de Sentido Común fue precedida por la de sus padres: Verdad y Confianza, la de su esposa Discreción, la de su hija Responsabilidad y la de su hijo Raciocinio.
Lo sobreviven sus tres hermanastros: Conozco Mis Derechos, Otro Tiene la Culpa, y Soy Una Víctima de la Sociedad.
No hubo mucha gente en su funeral, porque muy pocos se enteraron de que se había ido.
Si aún lo recuerdas, reenvía este mail.

Caso contrario, únete a la mayoría… no hagas nada…
Posted by marcas_c in 07:37:31 | Permalink | No Comments »

El hombre que con taba historias

Había una vez un hombre muy querido de su pueblo porque contaba historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber bregado todo el día, se reunían a su alrededor y le decían:
–Vamos, cuenta, ¿qué has visto hoy?
Él explicaba:
–He visto en el bosque a un fauno que tenía una flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos.
–Sigue contando, ¿qué más has visto? –decían los hombres.
–Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro.
Y los hombres lo apreciaban porque les contaba historias.
Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas… Mas al llegar a la orilla del mar, he aquí que vio a tres sirenas, tres sirenas que, al filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y, como continuara su paseo, en llegando cerca del bosque, vio a un fauno que tañía su flauta y a un corro de silvanos… Aquella noche, cuando regresó a su pueblo y, como los otros días, le preguntaron:
–Vamos, cuenta: ¿qué has visto?
Él respondió:–No he visto nada.
O.W.

El reflejo

Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.
–¡Oh! –les respondió el río– aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.
–¡Oh! –prosiguieron las flores de los campos– ¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.
–¿Era hermoso? –preguntó el río.
–¿Y quién mejor que tú para saberlo? –dijeron las flores–. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza…
–Si yo lo amaba –respondió el río– es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas.
Óscar Wilde

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Án gel, Azorín y Lu men

Ángel: Editorial Planeta informó que la nueva novela de Carlos Ruiz Zafón ya tiene título: El Juego del Ángel y estará el 17 de abril en todas las librerías de España.
El Juego del Ángel está ambientada en la Barcelona de los años 20, y será un gran acontecimiento editorial, con una primera edición para solamente España de un millón de ejemplares.
Carlos Ruiz Zafón convirtió con su primera novela, La sombra del viento, en un fenómeno literario, al ser editada en 50 países y llevar vendidos más de 10 millones de ejemplares.
Azorín: El madrileño Roberto Montero González (1965), conocido como Montero Glez, ganó el XXXII Premio Azorín de Novela, dotado con 68.000 euros, con la obra La pólvora negra sobre el intento de asesinato del rey Alfonso XIII.
Se impuso a otras 141 novelas que se presentaron al galardón, convocado por la diputación de Alicante y la editorial Planeta.
El autor recibió el galardón con el puño izquierdo en alto, y lo brindó a su blog La trinchera cósmica. Comienza el relato en “el mismo sitio en el que arranca Luces de Bohemia, de Valle-Inclán”.
Lumen: Editorial Lumen informó la publicación de El jardín dorado, de Gustavo Martín Garzo (en la foto) una novela que apela a la mítica historia de la isla de Creta donde existió el minotauro, un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro, que vivía en un laberinto y se nutría de la sangre de los jóvenes que le eran entregados en sacrificio. Sólo el valor del joven Teseo y la astucia de la hermosa Ariadna, que le entregó un ovillo de hilo para que se adentrara en el laberinto y pudiera luego volver, lograron acabar con la vida de esta criatura y liberar a los habitantes de la isla.
Pero Martín Garzo tuerce los hilos de la mitología con la vida de Bruno, el monstruo, y descubrimos el palacio de Creta, un lugar donde todo era posible y el deseo se casaba con la abundancia. Ahí conoceremos a Ariadna, la hermana gemela de Bruno, y a las otras doncellas que alegraban los días del joven. También sabremos de Artífice, el constructor del laberinto, y de Nómada, el contador de historias. Así, desde el nacimiento de Bruno hasta su muerte, vamos a oír de la boca de Ariadna una historia donde los vivos dialogan con el más allá y los animales hablan, los muñecos tienen corazón de hombre y las mujeres siguen el rastro de su propia locura por un jardín dorado donde el tiempo no tiene ley y el dolor descansa.
Un adelanto de Lumen, son estos párrafos:

1.La casa muerta
No ha podido existir un niño más hermoso. Era el sol cuando se esconde, era el potro que se encabrita en el prado, era el becerro negro. Sus ojos eran bravíos y reservados como los de las fieras y cuando corría a tus brazos las antorchas arrancaban de su mirada reflejos de oro. Fuimos hermanos mellizos. Nuestro nacimiento tuvo consecuencias fatales para mi madre, que murió del parto unas semanas después. Se ha dicho que, tras ver a su hijo, pidió que arrojaran su cuerpo a las fieras, pero esto no es cierto. Estaba enferma y apenas podía mantenerse en pie, pero iba al cuarto donde dormía mi hermano y se quedaba mirándolo como habría hecho con el cachorro de un león.
Quién sabe qué pasaba entonces por su cabeza, en qué oscuros hechos de su pasado se detenía. Puede que en su colección de autómatas, puede que en su trato con las hechiceras de las montañas, o en aquellos animales blancos de los que le gustaba estar rodeada, puede que en alguno de sus numerosos amantes. Nuestra madre era caprichosa, como todas las mujeres, como todas las reinas. Eso es ser reina, que te sean concedidos los caprichos. ¿Quién renunciaría a la luna si tuviera el poder de hacérsela traer? Ella tenía ese poder, y no se cansaba de pedir. Pedía a los hombres caricias, al corazón palabras, a la vida deleites y maravillas. Pero pedir es exponerse, y mi madre sabía que la vida es extraña, que los deseos son extraños. ¿Por qué ha- bría de sorprenderse de que naciera de su vientre un ser como Bruno? Es verdad que no se parecía a los otros niños, pero tampoco los reyes son como el común de los mortales y sin embargo son venerados por ellos. Mi hermano era un ser extraordinario, no importa lo que luego se dijera de él.
Bruno, ese fue el nombre que le di. Desde que era niña me gustó inventarme los nombres. A un esclavo muy dulce, cuyo aliento recordaba el aroma de las guirnaldas, le llamé Azafrán; a un viejo chambelán, con la barba pulida y blanca, Tiempo; a una criada ladrona, cuya boca se abría como una bolsa vacía, Morral. No me gustan los nombres propios porque nos separan del mundo, nos hacen creer que somos distintos a las cosas y a los seres que viven en él. Y eso no es cierto. Todos los animales tienen su lengua secreta, y hasta los objetos más minúsculos, la cuchara, por ejemplo, con que tomamos la sopa, o el toro de cristal que las muchachas llevan al cuello y que consideran su talismán, están llenos de vida. Y eso hago yo, dar a hombres y mujeres los nombres de las cosas. Recoger esa vida que no nos pertenece y transformarla en palabras que podemos guardar u ofrecer. Llamé Bruno a mi hermano porque nació con el rostro cubierto de vello. Era un vello muy suave que con el tiempo se fue volviendo negro, hasta oscurecerlo por completo. Es eso lo que significa su nombre, moreno, oscuro, negro. Sin embargo sus ojos eran dulces, brillantes, con destellos dorados. Recordaban los de un gato, perezosos y sin malicia hasta el instante mismo de la acometida. No nos separábamos nunca. Era como si fuéramos en un carro que avanzaba por el sendero de un bosque y uno viviera dentro de la luz y el otro dentro de las sombras. Recuerdo que una tarde nuestra nodriza le compró a un nubio una jaula de pajarillos de los lagos de brillante plumaje y la dejó en su cuarto mientras dormía.
Teníamos entonces tres años y, al despertarse, mi hermano se quedó mirando aquellas preciosas criaturas como preguntándose de dónde podían venir. Pero la puerta de la jaula estaba rota y esa misma tarde los pajarillos se escaparon. Nunca he visto mayor desconsuelo. Se quedó una semana entera sin comer, tirado en el suelo, apretando la jaula contra su pecho, y todo lo que intentábamos para distraerle resultaba inútil. Creo que se pasó la vida esperando que aquellos pájaros volvieran, que esa jaula vacía era su propio corazón.

Sí hay libro “Bogotá por Bogotá”

En vista de la avalancha de correos-e que estaban cruzándose con la pregunta de “Qué pasó con el libro del concurso literario Bogotá por Bogotá”, y hasta conatos de asonada hubo, bien vale hacer público el texto del mensaje de Catalina Vargas, la coordinadora del evento.
El correo-e de Catalina tiene por Asunto: RESPUESTA A LAS INQUIETUDES DE LOS ESCRITORES DE BOGOTÁ POR BOGOTÁ, y dice:
MARZO 12 2008
Estimados escritores Bogotá por Bogotá,
Lamento la demora en responder sus inquietudes. Sin embargo, las noticias son muy buenas y positivas. Nuestro libro y lanzamiento sigue en pie para la Feria Internacional del Libro 2008. Aún no tenemos fecha para este evento pero estamos seguros que va a suceder. Se trata de 80 autores que esperan este resultado y no los vamos a defraudar. Si tienen alguna otra inquietud estaré más pendiente de este correo electrónico para responderles.
Un saludo especial.
Catalina Vargas
Fondo de Promoción de la Cultura
Coordinación Bogotá por Bogotá

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La col ección

Hace días pasé a ver a mi amigo, el periodista Misha Kovrov. Estaba sentado en su diván, se limpiaba las uñas y tomaba té. Me ofreció un vaso.
–Yo sin pan no tomo –dije–. ¡Vamos por el pan!
–¡Por nada! A un enemigo, dígnate, lo convido con pan, pero a un amigo nunca.
–Es extraño… ¿Por qué, pues?
–Y mira por qué… ¡Ven acá!
Misha me llevó a la mesa y extrajo una gaveta:
–¡Mira!
Yo miré en la gaveta y no ví definitivamente nada.
–No veo nada… Unos trastos… Unos clavos, trapitos, colitas…
–¡Y precisamente eso, pues y mira! ¡Diez años hace que reúno estos trapitos, cuerditas y clavitos! Una colección memorable.
Y Misha apiló en sus manos todos los trastes y los vertió sobre una hoja de periódico.
–¿Ves este cerillo quemado? –dijo, mostrándome un ordinario, ligeramente carbonizado cerillo–. Este es un cerillo interesante. El año pasado lo encontré en una rosca, comprada en la panadería de Sevastianov. Casi me atraganté. Mi esposa, gracias, estaba en casa y me golpeó por la espalda, si no se me hubiera quedado en la garganta este cerillo. ¿Ves esta uña? Hace tres años fue encontrada en un bizcocho, comprado en la panadería de Filippov. El bizcocho, como ves, estaba sin manos, sin pies, pero con uñas. ¡El juego de la naturaleza! Este trapito verde hace cinco años habitaba en un salchichón, comprado en uno de los mejores almacenes moscovitas. Esa cucaracha reseca se bañaba alguna vez en una sopa, que yo tomé en el bufete de una estación ferroviaria, y este clavo en una albóndiga, en la misma estación. Esta colita de rata y pedacito de cordobán fueron encontrados ambos en un mismo pan de Filippov. El boquerón, del que quedan ahora sólo las espinas, mi esposa lo encontró en una torta, que le fue obsequiada el día del santo. Esta fiera, llamada chinche, me fue obsequiada en una jarra de cerveza en un tugurio alemán… Y ahí, ese pedacito de guano casi no me lo tragué, comiéndome una empanada en una taberna… Y por el estilo, querido.
–¡Admirable colección!
–Sí. Pesa libra y media, sin contar todo lo que yo, por descuido, alcancé a tragarme y digerir. Y me he tragado yo, probablemente, unas cinco, seis libras…
Misha tomó con cuidado la hoja de periódico, contempló por un minuto la colección y la vertió de vuelta en la gaveta. Yo tomé en la mano el vaso, empecé a tomar té, pero ya no rogué mandar por el pan.

Premio Alba para Mario Benedetti

Sabía que Alba era la contrapartida de Alca.
Sabía que Alca es una propuesta de un mercado único de las Américas.
Sabía que el Alca es promovido por Estados Unidos y el Alba por Venezuela y Cuba.
Pero no sabía que el Alba tuviera un Premio Cultural.
Y enhorabuena lo obtuvo Mario Benedetti, se supo hoy.
Me gustó mucho El cumpleaños de Juanángel, la novela en verso del genial uruguayo.
Recuerdo que en Colombia su novela Gracias por el fuego se convirtió en teleserie. Excelente, por cierto, dirigida por Pepe Sánchez.
Mario Benedetti tiene ahora 87 años, y recibirá un cuadro de plata conteniendo el veredicto del jurado, una estatuilla y 75.000 dólares, que le harán mucho bien.

Posted by marcas_c in 07:34:49 | Permalink | No Comments »

Gra ciosa historia

Esta historia no tiene nada que ver con los resultados de la Cumbre de Río, donde los presidentes Rafael Correa, Hugo Chávez y Daniel Ortega “pelaron el cobre”.
Nada que ver con la reiteración y explicación del presidente Álvaro Uribe sobre la lucha contra los terroristas (secuestradores y narcotraficantes) de las Farc, ni con que los otros Presidentes mencionados hayan admitido el entuerto causado por la belicosa actitud “revolucionaria” de Hugo Chávez.
Este post no tiene nada que ver con el principio del fin de las Farc. Final de esta organización para delinquir que comenzó el día en que culparon al Gobierno y al presidente Álvaro Uribe de “impedir” la liberación de cuatro secuestrados, entre éstos Clara Rojas, quien vería a su hijo (nacido en cautiverio y separado de ella por los “redentores” de las Farc).
¡Las Farc no tenían al niño, y por eso demoraban y demoraban y demoraban “la entrega”!
Pero no se podían quedar con las ganas de culpar al Gobierno y al presidente Álvaro Uribe…
A las Farc ya no se les cree.
Ya no, “revolucionarios” de las Farc.
Ya no más.
En realidad esta graciosa historia que sigue, algunos la adjudican a los hermanos Grimm.
Yo la conocí al comienzo de la educación secundaria, y prefiero rendir aquí tributo al autor anónimo.
De esta historia han derivado versiones abreviadas, así como esta versión pedagógica. Wikipedia, la enciclopedia creada por los blogonautas, asocia la historia con los Borgoña. En fin.
Aunque también hay versiones subsidiarias, como esta otra, prefiero la versión anónima, pues me resulta más elaborada.
En realidad, es un pequeño homenaje a la mujer.

Juan sin miedo
Érase un padre que tenía dos hijos, el mayor de los cuales era listo y despierto, muy despabilado y capaz de salir con bien de todas las cosas. El menor, en cambio, era un verdadero zoquete, incapaz de comprender ni aprender nada, y cuando la gente lo veía, no podía por menos de exclamar: “¡Este sí que va a ser la cruz de su padre!”. Para todas las faenas había que acudir al mayor; no obstante, cuando se trataba de salir, ya anochecido, a buscar alguna cosa, y había que pasar por las cercanías del cementerio o de otro lugar tenebroso y lúgubre, el mozo solía resistirse:
–No, padre, no puedo ir. ¡Me da mucho miedo!
Pues, en efecto, era miedoso.
En las veladas, cuando, reunidos todos en torno a la lumbre, alguien contaba uno de esos cuentos que ponen carne de gallina, los oyentes solían exclamar: “¡Oh, qué miedo!”. El hijo menor, sentado en un rincón, escuchaba aquellas exclamaciones sin acertar a comprender su significado.
–Siempre están diciendo: “¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!”. Pues yo no lo tengo. Debe ser alguna habilidad de la que yo no entiendo nada.
Un buen día le dijo su padre:
–Oye, tú, del rincón: Ya eres mayor y robusto. Es hora de que aprendas también alguna cosa con que ganarte el pan. Mira cómo tu hermano se esfuerza; en cambio, contigo todo es inútil, como si machacaras hierro frío.
–Tienes razón, padre –respondió el muchacho–. Yo también tengo ganas de aprender algo. Si no te parece mal, me gustaría aprender a tener miedo; de esto no sé ni pizca.
El mayor se echó a reír al escuchar aquellas palabras, y pensó para sí: “¡Santo Dios, y qué bobo es mi hermano! En su vida saldrá de él nada bueno. Pronto se ve por dónde tira cada uno”. El padre se limitó a suspirar y a responderle:
–Día vendrá en que sepas lo que es el miedo, pero con esto no vas a ganarte el sustento.
A los pocos días tuvieron la visita del sacristán. Le contó el padre su apuro, cómo su hijo menor era un inútil; ni sabía nada, ni era capaz de aprender nada.
–Sólo le diré que una vez que le pregunté cómo pensaba ganarse la vida, me dijo que quería aprender a tener miedo.
–Si no es más que eso –repuso el sacristán–, puede aprenderlo en mi casa. Deje que venga conmigo. Yo se lo desbastaré de tal forma, que no habrá más que ver.
Se avino el padre, pensando: “Le servirá para despabilarse”. Así, pues, se lo llevó consigo y le señaló la tarea de tocar las campanas. A los dos o tres días lo despertó hacia medianoche y lo mandó subir al campanario a tocar la campana. “Vas a aprender lo que es el miedo”, pensó el hombre mientras se retiraba sigilosamente.
Estando el muchacho en la torre, al volverse para coger la cuerda de la campana vio una forma blanca que permanecía inmóvil en la escalera, frente al hueco del muro.
–¿Quién está ahí? –gritó el mozo. Pero la figura no se movió ni respondió.
–Contesta –insistió el muchacho– o lárgate; nada tienes que hacer aquí a medianoche.
Pero el sacristán seguía inmóvil, para que el otro lo tomase por un fantasma.
El chico le gritó por segunda vez:
–¿Qué buscas ahí? Habla si eres persona cabal, o te arrojaré escaleras abajo. El sacristán pensó: “No llegará a tanto”, y continuó impertérrito, como una estatua de piedra. Por tercera vez le advirtió el muchacho, y viendo que sus palabras no surtían efecto, arremetió contra el espectro y de un empujón lo echó escaleras abajo, con tal fuerza que, mal de su grado, saltó de una vez diez escalones y fue a desplomarse contra una esquina, donde quedó maltrecho. El mozo, terminado el toque de campana, volvió a su cuarto, se acostó sin decir palabra y se quedó dormido.
La mujer del sacristán estuvo durante largo rato aguardando la vuelta de su marido; pero viendo que tardaba demasiado, fue a despertar, ya muy inquieta, al ayudante, y le preguntó:
–¿Dónde está mi marido? Subió al campanario antes que tú.
–En el campanario no estaba –respondió el muchacho–. Pero había alguien frente al hueco del muro, y como se empeñó en no responder ni marcharse, he supuesto que era un ladrón y lo he arrojado escaleras abajo. Vaya a ver, no fuera el caso que se tratase de él. De veras que lo sentiría.
La mujer se precipitó a la escalera y encontró a su marido tendido en el rincón, quejándose y con una pierna rota.
Lo bajó como pudo y corrió luego a la casa del padre del mozo, hecha un mar de lágrimas:
–Su hijo –se lamentó– ha causado una gran desgracia, ha echado a mi marido escaleras abajo, y le ha roto una pierna. ¡Llévese enseguida de mi casa a esta calamidad!
Corrió el padre, muy asustado, a casa del sacristán, y puso a su hijo de vuelta y media:
–¡Eres una mala persona! ¿Qué maneras son ésas? Ni que tuvieses el diablo en el cuerpo.
–Soy inocente, padre –contestó el muchacho–. Le digo la verdad. Él estaba allí a medianoche, como si llevara malas intenciones. Yo no sabía quién era, y por tres veces le advertí que hablase o se marchase.
–¡Ay! –exclamó el padre–. ¡Sólo disgustos me causas! Vete de mi presencia, no quiero volver a verte.
–Bueno, padre, así lo haré; aguarda sólo a que sea de día, y me marcharé a aprender lo que es el miedo; al menos así sabré algo que me servirá para ganarme el sustento.
–Aprende lo que quieras –dijo el padre–; lo mismo me da. Ahí tienes cincuenta monedas; márchate a correr mundo y no digas a nadie de dónde eres ni quién es tu padre, pues eres mi mayor vergüenza.
–Sí, padre, como quieras. Si sólo me pides eso, fácil me será obedecerte.
Al apuntar el día embolsó el muchacho sus cincuenta monedas y se fue por la carretera. Mientras andaba, iba diciéndose:
“¡Si por lo menos tuviera miedo! ¡Si por lo menos tuviera miedo!”. En esto acertó a pasar un hombre que oyó lo que el mozo murmuraba, y cuando hubieron andado un buen trecho y llegaron a la vista de la horca, le dijo:
–Mira, en aquel árbol hay siete que se han casado con la hija del cordelero, y ahora están aprendiendo a volar. Siéntate debajo y aguarda a que llegue la noche. Verás cómo aprendes lo que es el miedo.
–Si no es más que eso –respondió el muchacho–, la cosa no tendrá dificultad; pero si realmente aprendo qué cosa es el miedo, te daré mis cincuenta monedas. Vuelve a buscarme por la mañana.
Y se encaminó al patíbulo, donde esperó, sentado, la llegada de la noche. Como arreciara el frío, encendió fuego; pero hacia medianoche empezó a soplar un viento tan helado, que ni la hoguera le servía de gran cosa. Y como el ímpetu del viento hacía chocar entre sí los cuerpos de los ahorcados, pensó el mozo: “Si tú, junto al fuego, estás helándose, ¡cómo deben pasarlo esos que patalean ahí arriba!”.
Y como era compasivo de natural, arrimó la escalera y fue desatando los cadáveres, uno tras otro, y bajándolos al suelo. Sopló luego el fuego para avivarlo, y dispuso los cuerpos en torno al fuego para que se calentasen; pero los muertos permanecían inmóviles, y las llamas prendieron en sus ropas. Al verlo, el muchacho les advirtió:
–Si no tienen cuidado, los volveré a colgar.
Pero los ajusticiados nada respondieron, y sus andrajos siguieron quemándose. Se irritó entonces el mozo:
–Puesto que se empeñan en no tener cuidado, nada puedo hacer por ustedes; no quiero quemarme yo también.
Y los colgó nuevamente, uno tras otro; hecho lo cual, volvió a sentarse al lado de la hoguera y se quedó dormido.
A la mañana siguiente se presentó el hombre, dispuesto a cobrar las cincuenta monedas.
–Qué, ¿ya sabes ahora lo que es el miedo?
–No –replicó el mozo–. ¿Cómo iba a saberlo? Esos de ahí arriba ni siquiera han abierto la boca, y fueron tan tontos que dejaron que se quemasen los harapos que llevan.
Vio el hombre que por aquella vez no embolsaría las monedas, y se alejó murmurando:
–En mi vida me he topado con un tipo como éste.
Siguió también el mozo su camino, siempre expresando en voz alta su idea fija: “¡Si por lo menos supiese lo que es el miedo! ¡Si por lo menos supiese lo que es el miedo!”. Lo escuchó un carretero que iba tras él, y le preguntó:
–¿Quién eres?
–No lo sé –respondió el joven.
–¿De dónde vienes? –siguió inquiriendo el otro.
–No lo sé.
–¿Quién es tu padre?
–No puedo decirlo.
–¿Y qué demonios estás refunfuñando entre dientes?
–¡Oh! –respondió el muchacho–, quisiera saber lo que es el miedo, pero nadie puede enseñármelo.
–Basta de tonterías –replicó el carretero–. Te vienes conmigo y te buscaré alojamiento.
Lo acompañó el mozo, y, al anochecer, llegaron a una hospedería. Al entrar en la sala repitió el mozo en voz alta:
–¡Si al menos supiera lo que es el miedo!
Oyéndolo el posadero, se echó a reír, y dijo:
–Si de verdad lo quieres, tendrás aquí buena ocasión para enterarte.
–¡Cállate, por Dios! –exclamó la patrona–. Más de un temerario lo ha pagado ya con la vida. ¡Sería una pena que esos hermosos ojos no volviesen a ver la luz del día!
Pero el muchacho replicó:
–Por costoso que sea, quisiera saber lo que es el miedo; para esto me marché de casa.
Y estuvo importunando al posadero, hasta que éste se decidió a contarle que, a poca distancia de allí, se levantaba un castillo encantado, donde, con toda seguridad, aprendería a conocer el miedo si estaba dispuesto a pasar tres noches en él.
Le dijo que el Rey había prometido casar a su hija, que era la doncella más hermosa que alumbrara el sol, con el hombre que a ello se atreviese. Además, había en el castillo valiosos tesoros, capaces de enriquecer al más pobre, que estaban guardados por espíritus malos, y podrían recuperarse al desvanecerse el maleficio. Muchos lo habían intentado ya, pero ninguno había escapado con vida de la empresa.
A la mañana siguiente, el joven se presentó al Rey y le dijo que, si se le autorizaba, él se comprometía a pasarse tres noches en vela en el castillo encantado.
Lo miró el Rey, y como su aspecto le resultara simpático, le dijo:
–Puedes pedir tres cosas para llevarte al castillo, pero deben ser cosas inanimadas.
A lo que contestó el muchacho:
–Deme entonces fuego, un torno y un banco de carpintero con su cuchilla.
El Rey hizo llevar aquellos objetos al castillo. Al anochecer subió a él el muchacho, encendió en un aposento un buen fuego, colocó al lado el banco de carpintero con la cuchilla y se sentó sobre el torno.
–¡Ah! ¡Si por lo menos aquí tuviera miedo! –suspiró–. Pero me temo que tampoco aquí me enseñarán lo que es.
Hacia medianoche quiso avivar el fuego, y mientras lo soplaba oyó de pronto unas voces, procedentes de una esquina, que gritaban:
–¡Au, miau! ¡Qué frío hace!
–¡Tontos! –exclamó él–. ¿Por qué gritan? Si tienen frío, acérquense al fuego a caliéntense.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, llegaron de un enorme brinco dos grandes gatos negros que, sentándose uno a cada lado, clavaron en él una mirada ardiente y feroz. Al cabo de un rato, cuando ya se hubieron calentado, dijeron:
–Compañero, ¿qué te parece si echamos una partida de naipes?
–¿Por qué no? –respondió él–. Pero antes muéstrenme las patas.
Los animales sacaron las garras.
–¡Ah! –exclamó el muchacho–. ¡Vaya uñas largas! Primero se las cortaré.
Y, agarrándolos por el cuello, los levantó y los sujetó por las patas al banco de carpintero.
–He adivinado sus intenciones –dijo– y se me han pasado las ganas de jugar a las cartas.
Acto seguido los mató de un golpe y los arrojó al estanque que había al pie del castillo. Despachados ya aquellos dos y cuando se disponía a instalarse de nuevo junto al fuego, de todos los rincones y esquinas empezaron a salir gatos y perros negros, en número cada vez mayor, hasta el punto de que ya no sabía él dónde meterse.
Aullando lúgubremente, pisotearon el fuego, intentando esparcirlo y apagarlo. El mozo estuvo un rato contemplando tranquilamente aquel espectáculo hasta que, al fin, se amoscó y, empuñando la cuchilla y gritando: “¡Fuera de aquí, chusma asquerosa!”, arremetió contra el ejército de alimañas.
Parte de los animales escapó corriendo, el resto los mató y arrojó sus cuerpos al estanque. De vuelta al aposento, reunió las brasas aún encendidas, las sopló para reanimar el fuego y se sentó nuevamente a calentarse. Y estando así sentado le vino el sueño, con una gran pesadez en los ojos.
Miró a su alrededor, y descubrió en una esquina una espaciosa cama. “A punto vienes”, dijo, y se acostó en ella sin pensarlo más. Pero apenas había cerrado los ojos cuando el lecho se puso en movimiento, como si quisiera recorrer todo el castillo. “¡Tanto mejor!”, se dijo el mozo.
Y la cama seguía rodando y moviéndose, como tirada por seis caballos, cruzando umbrales y subiendo y bajando escaleras. De repente, ¡hop!, un vuelco, y queda la cama patas arriba, y su ocupante debajo como si se le hubiese venido una montaña encima.
Lanzando al aire mantas y almohadas, salió de aquel revoltijo, y, exclamando: “¡Que pase quien tenga ganas!”, volvió a la vera del fuego y se quedó dormido hasta la madrugada.
A la mañana siguiente se presentó el Rey, y, al verlo tendido en el suelo, creyó que los fantasmas lo habían matado.
–¡Lástima, tan guapo mozo! –dijo.
Lo escuchó el muchacho e, incorporándose, exclamó:
–¡No están aún tan mal las cosas!
El Rey, admirado y contento, le preguntó qué tal había pasado la noche.
–¡Muy bien! –respondió el interpelado–. He pasado una, también pasaré las dos que quedan.
Al entrar en la posada, el hostelero se quedó mirándolo como quien ve visiones.
–Jamás pensé volver a verte vivo –le dijo–. Supongo que ahora sabrás lo que es el miedo.
–No –replicó el muchacho–. Todo es inútil. ¡Ya no sé qué hacer!
Al llegar la segunda noche, se encaminó de nuevo al castillo y, sentándose junto al fuego, volvió a la vieja canción: “¡Si siquiera supiese lo que es el miedo!”. Antes de medianoche se oyó un estrépito. Quedo al principio, luego más fuerte; siguió un momento de silencio, y, al fin, emitiendo un agudísimo alarido bajó por la chimenea la mitad de un hombre y fue a caer a sus pies.
–¡Caramba! –exclamó el joven–. Aquí falta una mitad. ¡Hay que tirar más!
Volvió a oírse el estruendo, y, entre un alboroto de gritos y aullidos, cayó la otra mitad del hombre.
–Aguarda –exclamó el muchacho–. Voy a avivarte el fuego.
Cuando, ya listo, se volvió a mirar a su alrededor, las dos mitades se habían soldado, y un hombre horrible estaba sentado en su sitio.
–¡Eh, amigo, que éste no es el trato! –dijo–. El banco es mío.
El hombre quería echarlo, pero el mozo, empeñado en no ceder, lo apartó de un empujón y se instaló en su asiento.
Bajaron entonces por la chimenea nuevos hombres, uno tras otro, llevando nueve tibias y dos calaveras, y, después de colocarlas en la posición debida, comenzaron a jugar a bolos. Al muchacho le entraron ganas de participar en el juego y les preguntó:
–¡Hola!, ¿puedo jugar yo también?
–Sí, si tienes dinero.
–Dinero tengo –respondió él–. Pero sus bolos no son bien redondos.
Y, cogiendo las calaveras, las puso en el torno y las modeló debidamente.
–Ahora rodarán mejor –dijo–. ¡Así da gusto!
Jugó y perdió algunos florines; pero al dar las doce, todo desapareció de su vista. Se tendió y durmió tranquilamente. A la mañana siguiente se presentó de nuevo el Rey, curioso por saber lo ocurrido.
–¿Cómo lo has pasado esta vez? –le preguntó.
–Estuve jugando a los bolos y perdí unas cuantas monedas.
–¿Y no sentiste miedo?
–¡Qué va! –replicó el chico–. Me he divertido mucho. ¡Ah, si pudiese saber lo que es el miedo!
La tercera noche, sentado nuevamente en su banco, suspiraba mohíno y malhumorado: “¡Por qué no puedo sentir miedo!”.
Era ya bastante tarde cuando entraron seis hombres fornidos llevando un ataúd. Dijo él entonces:
–Ahí debe de venir mi primito, el que murió hace unos días.
–Y, haciendo una seña con el dedo, lo llamó:
–¡Ven, primito, ven aquí!
Los hombres depositaron el féretro en el suelo. El mozo se les acercó y levantó la tapa: contenía un cuerpo muerto. Le tocó la cara, que estaba fría como hielo.
–Aguarda –dijo–, voy a calentarte un poquito.
Y, volviéndose al fuego a calentarse la mano, la aplicó seguidamente en el rostro del cadáver; pero éste seguía frío. Lo sacó entonces del ataúd, se sentó junto al fuego con el muerto sobre su regazo, y se puso a frotarle los brazos para reanimar la circulación. Como tampoco eso sirviera de nada, se le ocurrió que metiéndolo en la cama podría calentarlo mejor. Lo acostó, pues, lo arropó bien y se echó a su lado. Al cabo de un rato, el muerto empezó a calentarse y a moverse. Dijo entonces el mozo:
–¡Ves, primito, cómo te he hecho entrar en calor!
Pero el muerto se incorporó, gritando:
–¡Te voy a estrangular!
–¿Esas tenemos? –exclamó el muchacho–. ¿Así me lo agradeces? Pues te volverás a tu ataúd.
Y, levantándolo, lo metió en la caja y cerró la tapa. En esto entraron de nuevo los seis hombres y se lo llevaron.
–No hay manera de sentir miedo –se dijo–. Está visto que no me enteraré de lo que es, aunque pasara aquí toda la vida.
Apareció luego otro hombre, más alto que los anteriores, y de terrible aspecto; pero era viejo y llevaba una larga barba blanca.
–¡Ah, bribonzuelo –exclamó–; pronto sabrás lo que es miedo, pues vas a morir!
–¡Calma, calma! –replicó el mozo–. Yo también tengo algo que decir en este asunto.
–Deja que te agarre –dijo el ogro.
–Poquito a poco. Lo ves muy fácil. Soy tan fuerte como tú, o más.
–Eso lo veremos –replicó el viejo–. Si lo eres, te dejaré marchar. Ven conmigo, que haremos la prueba.
Y, a través de tenebrosos corredores, lo condujo a una fragua. Allí empuñó un hacha, y de un hachazo clavó en el suelo uno de los yunques.
–Yo puedo hacer más –dijo el muchacho, dirigiéndose al otro yunque. El viejo, colgante la blanca barba, se colocó a su lado para verlo bien. Cogió el mozo el hacha, y de un hachazo partió el yunque, aprisionando de paso la barba del viejo.
–Ahora te tengo en mis manos –le dijo–; tú eres quien va a morir.
Y, agarrando una barra de hierro, la emprendió con el viejo hasta que éste, gimoteando, le suplicó que no le pegara más; en cambio, le daría grandes riquezas. El chico desclavó el hacha y lo soltó. Entonces el hombre lo acompañó nuevamente al palacio, y en una de las bodegas le mostró tres arcas llenas de oro:
–Una de ellas es para los pobres; la otra, para el Rey, y la tercera, para ti. Dieron en aquel momento las doce, y el trasgo desapareció, quedando el muchacho sumido en tinieblas.
–De algún modo saldré de aquí –se dijo.
Y, moviéndose a tientas, al cabo de un rato dio con un camino que lo condujo a su aposento, donde se echó a dormir junto al fuego.
A la mañana siguiente compareció de nuevo el Rey y le dijo:
–Bien, supongo que ahora sabrás ya lo que es el miedo.
–No –replicó el muchacho–. ¿Qué es? Estuvo aquí mi primo muerto, y después vino un hombre barbudo, el cual me mostró los tesoros que hay en los sótanos; pero de lo que sea el miedo, nadie me ha dicho una palabra.
Dijo entonces el Rey:
–Has desencantado el palacio y te casarás con mi hija.
–Todo eso está muy bien –repuso él–. Pero yo sigo sin saber lo que es el miedo.
Sacaron el oro y se celebró la boda. Pero el joven príncipe, a pesar de que quería mucho a su esposa y se sentía muy satisfecho, no cesaba de suspirar: “¡Si al menos supiese lo que es el miedo!”
Al fin, aquella cantinela acabó por irritar a la princesa. Su camarera le dijo:
–Yo lo arreglaré. Voy a enseñarle lo que es el miedo.
Se dirigió al riachuelo que cruzaba el jardín y mandó que le llenaran un barreño de agua con muchos pececillos. Por la noche, mientras el joven dormía, su esposa, instruida por la camarera, le quitó bruscamente las ropas y le echó encima el cubo de agua fría con los peces, los cuales se pusieron a coletear sobre el cuerpo del muchacho. Éste despertó de súbito y echó a gritar:
–¡Ah, qué miedo, qué miedo, mujercita mía! ¡Ahora sí que sé lo que es el miedo!

 

Rafael Correa y el sueño bolivariano

Anoche escuché un rato al presidente de Ecuador, Rafael Correa, en una extraña conferencia de prensa junto al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, que transmitió CNN en español.
Por encima de toda consideración técnica o política me causó pena.
Me pareció ver a un hombre afligido, con el corazón adolorido, haciendo algo en lo que no está del todo convencido.
Me pareció más indefenso que el presidente de Bolivia, Evo Morales, convertido por un tiempo en factotum de Hugo Chávez.
El presidente Correa insistió en un tecnicismo fronterizo para generar una causa política.
(¿Lo necesitará para neutralizar malas vibras internas? Que sepamos, no lo necesita.)
Entonces se refirió a que tropas colombianas cruzaron la frontera en persecución del reducto de narcotraficanes y secuestradores de las Farc.
Pero para referirse al Ejército Nacional de Colombia y a la Policía Nacional de Colombia, usó el calificativo de “agresor”.
Entonces decía, más o menos: “El agresor ingresó a territorio ecuatoriano, violando todos los principios del Derecho Internacional de respeto a la soberanía nacional”.
¿Agresor?
A mí me sonó como si las tropas colombianas “estuvieran invadiendo a Ecuador”.
¡El “agresor”!
Pero no es así.
Colombia y Ecuador tienen buenas relaciones.
En general, siempre las han tenido.
Las fronteras de Ecuador y de Venezuelas son realmente “fronteras vivas”.
De modo que, en estricto rigor, no hay ningún “agresor”.
Nadie “agredió” a Ecuador.
Pero el presidente Correa, con cara compungida (porque sabe que está haciendo algo inadecuado, que se dejó arrastrar por su prohombre Hugo Chávez), se valió del tecnicismo de que, ciertamente, en mitad de la selva, al fragor de un combate de a pie, nadie va a estar pensando: “¡Uy, pisé la línea fronteriza!”, que, por lo demás, no se ve entre los matorrales y en la noche.
Ecuador y Venezuela saben, además, que los hampones de las Farc duermen y se desplazan por la línea de frontera, para jugar ese juego del tecnicismo.
Si se ven atacados por tropas colombianas, “pasan la raya” hacia Ecuador o Venezuela, y viceversa: si se ven atacados por tropas ecuatorianas o venezolanas, “pasan la raya” hacia Colombia.
¡En ese juego cayó el presidente Rafael Correa!
Las Farc secuestra personas colombianas y las esconde en Venezuela o Ecuador, y también ha secuestrado a personas venezolanas y ecuatorianas y las ha escondido en Colombia.
No perdamos de vista que estamos hablando de un terreno escarpado, selvático, no de una cancha de fútbol ni un balneario.
Colombia se apresuró a ofrecer disculpas y al parecer Rafael Correa las aceptó, pero después se dejó llenar de mala onda de Hugo Chávez.
De modo que, más allá del tecnicismo, y de la tonta discusión de si hubo un “agresor” y un “agredido”, los países latinoamericanos deberían considerar un gran pacto contra el terrorismo y el narcotráfico.
¡Ese sí sería un gran paso, en el sueño bolivariano (de Simón Bolívar) contra el Imperio… del narcotráfico y el terror!

Posted by marcas_c in 07:34:12 | Permalink | No Comments »

Caso Farc-Corre a-Chávez en Le Monde y El País

Respecto a la crisis entre Colombia por una parte, y Ecuador y Venezuela por otra, el diario madrileño El País se pronuncia en los siguientes términos:
“Resulta evidente que la acción colombiana exigía explicaciones previas a Ecuador, aún tratándose de una lucha legítima contra una organización ilegal en un lugar remoto y en condiciones extremas.
“Bogotá se ha apresurado a pedir disculpas a Quito, que si pareció aceptarlas inicialmente, se ha sumado después a los inflamados puntos de vista de su aliado Hugo Chávez. Porque una vez más la sobreactuación viene del líder venezolano, que ha insultado chulescamente a su homólogo colombiano y utilizado un lenguaje bélico inadmisible en quien no es parte perjudicada.
“La querencia de Chávez por las Farc –para quien pide sin rebozo el estatuto de ejército combatiente– arrasa la decencia mínima exigible a un jefe de Estado.
“Pero tan importante como esta grave afinidad es el hecho de que necesita un chivo expiatorio para galvanizar a los suyos tras la derrota en las urnas de diciembre y los estragos del desabastecimiento venezolano”.

Por su parte, Le Monde, de París, manifiesta la siguiente opinión:
“Por primera vez en su historia, las Farc han recibido un golpe de lleno. El dirigente Raúl Reyes, muerto en Ecuador, pertenecía a una cúpula que se tenía a sí misma como indestructible.
“Su muerte no significa la disolución del grupo rebelde, pero tiene razón el ministro colombiano de Defensa, Juan Manuel Santos, cuando dice que fue el golpe más fuerte en la historia de las Farc.
“El deceso podría favorecer la posición de los dirigentes de línea dura dentro de las Farc, pero también podría reforzar a quienes se manifiestan por la búsqueda de un compromiso. En lo inmediato se dificultará la comunicación con el grupo rebelde.
“Cabe preguntarse por ello si la rehén Ingrid Betancourt y los otros rehenes podrán soportar tal situación por mucho tiempo más”.
Deutsch Welle World

 

Vecinos indispuestos

Ecuador y Venezuela quieren enemistarse con Colombia. Para ello, se apropian de la muerte de alias “Raúl Reyes”, ex jefe del grupo terrorista “Farc”.
Este “revolucionario” cayó muerto sobre la línea fronteriza con Ecuador, y entonces el presidente de Ecuador, Rafael Correa, protesta ante Colombia porque, probablemente, un avión de combate de Colombia pasó sobre la línea imaginaria que separa a los dos países en esa zona selvática.
Y enseguida salta el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y se solidariza con Ecuador, en contra de Colombia.
Y en un acto inamistoso y un tanto burdo, el presidente Hugo Chávez le ordena a su ministro de Defensa, durante la transmisión del programa democrático de televisión “Aló, presidente”:
“¡Envíame 10 batallones a la frontera con Colombia!”
¿Qué intereses tienen Hugo Chávez y Rafael Correa para tan enconada defensa de los secuestradores, asesinos, abigeos y narcotraficantes de las Farc?
Uno imagina (mas no lo desea) cómo sería Ecuador con unas Farc adentro, y cómo sería Venezuela con unas Farc adentro.
¿Cómo serían, como pensarían y cómo actuarían los gobiernos y los pueblos de Ecuador y Venezuela, con unas Farc adentro?
Colombia, con dolor en el alma, lleva demasiados años haciéndole frente a este cáncer.
Y ahora, los gobiernos de Venezuela y Ecuador (porque no son los ecuatorianos de a pie, ni los venezolanos de a pie, sino sus populares gobernantes) salen a defender a los abigeos, asesinos, secuestradores y narcotraficantes de las Farc (con la excusa de que Colombia está siendo utilizada por el Imperio de los Estados Unidos para “desestabilizar” sus procesos “revolucionarios”).
Triste, muy triste la actitud de los vecinos indispuestos.
(¿Y en Colombia no usarán al “mártir” para enardecer la marcha del 6 de marzo, no contra los violentos, sino contra el presidente Álvaro Uribe, que es lo que quieren las Farc, los odiadores de Colombia?)

Posted by marcas_c in 07:33:11 | Permalink | No Comments »